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EL SUPERHOMBRE  

Sri Aurobindo  

Edición de Hortensia de la Torre  

 

 

 

 

 
 

 

 
 

 

 
01.Portales de Luz
Cuando el corazón lleno de Amor se calma por el Conocimiento en un éxtasis tranquilo pero sólido, cuando las fuertes manos del Poder trabajan por un mundo jubiloso y radiante, cuando el cerebro luminoso del Conocimiento transforma las inspiraciones oscuras del corazón plegándolas a una Voluntad superior, entonces ahí está la condición necesaria para que la humanidad trascienda integralmente. Ésta y solamente ésta, es la forma divina de la Superhumanidad y no la cultura arrogante, fuerte y deslumbrantemente egoísta del Poder que se corona sobre una humanidad esclavizada.
 
La idea del prototipo de un Súperhombre ha obtenido recientemente mucha atención, y ha creado muchas discusiones, algunas de las cuales, no con muy buenos resultados y con una gran cantidad de difamación y confusión. El promedio de la humanidad está propensa a resentirse por eso, porque a los hombres se les ha informado o tienen el presentimiento de que ese prototipo es la demanda de unos cuantos para ascender a las alturas, de las cuales los muchos no son capaces, y concentrar privilegios morales y espirituales, disfrutando de una dominación y unos poderes e inmunidades dañinos para la dignidad y libertad de la humanidad.
 
Así que, consideran, que el superhombre no es nada más importante que la glorificación de un raro y solitario ego que le ha ganado a los otros, en la fuerza de nuestras cualidades humanas comunes. Pero este significado del superhombre, es una parodia intolerante y mezquina. El evangelio de la verdadera humanidad nos presenta a ese superhombre como un ideal magnánimo, misericordioso y noble para la raza humana en desarrollo, y ese significado no debe ser confundido o cambiado por la demanda arrogante de una clase privilegiada y elitista o de algunos individuos.
 
Al hombre se le ha requerido a hacer lo que ninguna especie ha hecho todavía o ha aspirado hacer en la historia de la tierra, evolucionar conscientemente en su especie hacia el próximo nivel superior, el superhombre, por el desarrollo cíclico o gradual del mundo -idea y aspiraciones fructíferas de la Naturaleza. Y cuando lo imagina y comprende, no cabe duda que la idea llega a ser la semilla más potente que puede ser sembrada o tirada en la tierra de nuestro crecimiento humano.
 
Nietzsche fue el primero que la tiró, el místico del culto de la Voluntad, el controvertido, el profundo, el casi luminoso Eslavo Helénico (el término Helénico implica un amor pagano y sin restricciones en contraste con los Judaísmo que implica una austeridad moralista, una manera de vivir menos sensual de la vida) con sus claridades extrañas, sus ideas violentas, sus raras intuiciones centelleantes que venían marcadas con el sello de una absoluta verdad y soberanía de la luz. Pero Nietzsche fue un apóstol que nunca entendió enteramente su propio mensaje.
 
Su estilo profético era como el de los oráculos de Delfos, que convertían la verdad en mentira para satisfacer a sus oyentes y creyentes. Pero no siempre fue así, definitivamente; algunas veces se levantó sobre su temperamento personal y su mente individual, su herencia europea, su rebelión contra la idea de Cristo, en contra de los valores morales de su momento, y predicó la Palabra como él la había escuchado, la Verdad como él la había visto, simple, luminosa, impersonal y por lo tanto imperecedera y sin mancha. En gran parte, este mensaje que había llenado su oído interno vibrando desde la distancia infinita como la tonada salida de la lira de los Dioses lejanos, lo obtuvo en su esfuerzo para apropiarse y tenerlo cerca de él, mezclándolo con algo turbulento surgido de ideas colaterales que ahogaron las puras notas originales.
 
Especialmente en su concepto del Súperhombre el nunca aclaró la mente de su confusión preliminar. Porque si esa clase de humano divino es la meta por la cual la raza debe avanzar, la primera dificultad que nosotros tenemos, es decidir cual de los dos diferentes tipos de divinidad es la idea a la cual debemos ser leales. Porque la deidad en nosotros puede confrontarnos con el claro, jubiloso y radiante aspecto de Dios o con la severa y convulsiva visión de un Titán, propio de un dios menor. Nietzsche cantó al Olimpo pero lo presento con el aspecto de Asura. Su preocupación por la idea de un Cristo crucificado fueron quizás responsables de esta distorsión tanto como su sujeción a las ideas imperfectas de los griegos.
 
Él nos presento un superhombre que fiera y arrogantemente repele la carga de la tristeza y el servicio, no el que se levanta victorioso sobre la mortalidad y los sufrimientos y asciende vibrante con el himno de triunfo de una humanidad liberada. Perder el vínculo de la evolución moral de la Naturaleza es una falta capital en el apostolado de la superhumanidad; porque solamente en la línea de la evolución puede en el capullo de la humanidad, por tanto tiempo puesta a prueba, emerger, madurar y purificarse a través del fuego del sufrimiento egoísta y altruista.
 
Dios y Titán, Deva y Asura, son en verdad parientes cercanos con sus diferencias; la evolución no podía haber prescindido de ninguno de ellos. No obstante, ellos residían en polos opuestos de una existencia y naturaleza común. Uno descendió de la luz y del infinito, satisfecho con el juego; el otro, ascendió de la oscuridad e indefinido, encolerizado por la contienda. Toda la fuerza mayor de Dios se deriva de lo universal y se inclina hacia lo universal. El nació de la armonía victoriosa. Sus cualidades se unen como las manos puras y bondadosas enlazándose ellas mismas naturalmente y con delicia del Krishna divino dominando y sosteniendo juntos todos los anillos de la serpiente Kaliya en el pastoral ingenuo de Brindavan.
 
Evolucionar en el sentido Divino, es crecer en la intuición, en la luz, en el goce, en el amor, en la maestría feliz; servir por la ley y por el servicio; ser capaz de valentía y raudo sin herir ni abusar, suave y gentil e inclusive indulgente con uno mismo sin ser laxo o flojo, inmoral o débil; ser uno mismo una unidad completa, brillante y feliz por simpatía con la humanidad y todas su criaturas. Al final, eso es evolucionar hacia una gran totalidad impersonal y elevar el amor a una experiencia constante de la unidad del mundo. Porque así son los Dioses, conscientes siempre de su universalidad y por ello divinos.
 
Ciertamente, el poder está incluido. Ser divino, en el hombre, es regirse a sí mismo y regir al mundo, pero no en un sentido externo. Esta es la ley que depende de la afinidad secreta de la unidad que conoce la ley del otro ser y del ser del mundo y lo compele a realizar sus grandes posibilidades propias, pero por un mandato divino y esencialmente interno. Esto es, tomar todas las cualidades, energías, goces, tristezas, pensamientos, conocimiento y las metas del mundo alrededor de nosotros, en nosotros mismos, y devolverlas enriquecidas y trasmutadas en servicio y aprovechamiento divino.
 
Tal imperio no necesita una vulgar y ostentosa jaula de oro. Los dioses trabajan frecuentemente velados por la luz o a través del impulso de la tormenta; ellos no desdeñan vivir entre los hombres en el aspecto de un pastor o un artesano; ellos no retroceden ante la cruz y la corona de espina, ni de su evolución interna o de su visible y superficial fortuna. Porque ellos saben que el ego debe ser atenuado, pero cómo consentirán los hombres esto, si Dios no les enseña el camino? Tomar todo lo que es esencial en el ser humano y elevarlo a su expresión más absoluto, de manera que llegue a ser un elemento de luz, goce y poder para uno mismo y para los demás, eso es la divinidad. Esto también será la voluntad del superhombre.
 
Pero el Titán no tiene nada de esto, es demasiado grande y sutil para su entendimiento. Sus instintos claman por lo visible y ostentoso, por una maestría tangible y una dominación sensacional. Cómo se sentirá seguro de su poder a menos que pueda sentir algo desvalido a sus pies -y si está agonizante, todavía mucho mejor. ¿Qué aprovechamiento hay para él, a menos que se disminuya al explotado? Ser capaz de coaccionar o forzar, exigir, imponer, matar, abiertamente, públicamente e irresistiblemente -eso es lo que le confiere un sentido de gloria y dominio. Porque él es el hijo de la división y del gran florecimiento del Ego.
 
Sentir la limitación comparativa de los demás es necesario para que pueda imaginarse inconmensurablemente superior, porque no tiene sentido de la existencia real de lo infinito que ninguna circunstancia exterior pueda invalidar. Contraste, división, negación de la voluntad y la vida de otros son esenciales para su propio desarrollo y afirmación. El Titán unificará devorando, no armonizando; el debe conquistar, pisotear y atropellar sacando fuera de su existencia lo que no es él mismo, o subordinar de manera que su propia imagen se alce sobre todas las demás cosas con su impronta de dominio.
 
En la Naturaleza, dado que todo comenzó de la división y el egoísmo, el Titán tiene que venir primero; él está aquí en nosotros como el dios más antiguo, el primer gobernante del cielo y de la tierra del hombre. Después llega Dios liberando y armonizando. Aunque la leyenda nos dice que Deva y Asura trabajaron juntos para agitar el océano de la vida llevando a cabo el plan supremo de la inmortalidad, una vez que la inmortalidad fue ganada, Vishnu la guardó para Dios y así engañó al trabajador más violento y fiero.
 
Y esto parece injusto; porque Asura tiene la porción de la carga más pesada y menos agradable. El es el que comienza la tarea y la dirige; él va en su camino macheteando, dando forma y plantando, mientras que después Dios continua enmendando, concluyendo, cosechando. Él Titán prepara fieramente, con angustia y en contra de miles de obstáculos, la fuerza que nosotros usaremos: el otro disfruta de la victoria y de la delicia. Y por lo tanto, para el gran Dios Shiva, el tormentoso y desdorado Titán le es muy importante y querido -Shiva tomó por el mismo el fiero, oscuro y agrio veneno que limpió el mar de la vida y dejó el néctar para los otros. Pero la elección que Shiva hizo con sabiduría y amor, los Titanes la hacen desde la oscuridad y la pasión -deseoso realmente de algo muy diferente fraudulento por su egoísmo tormentoso. Por ello,  Vishnu nos dice que, a menos que el orgulloso y acérrimo Asura se divinice, el reino y la inmortalidad serán para el Dios divino.
 
Pero, qué es la Superhumanidad sino lo absoluto divino y armonioso de todo lo que es esencial en el hombre. El está hecho a la imagen y semejanza de Dios, pero hay una diferencia entre la Realidad divina y su manifestación humana. Y es que todas las cosas que son del Uno son ilimitadas, espontáneas, absolutas, armoniosas, y sólo cuando son poseídas por el Ego y, por tanto disgregadas, llegan a ser limitadas, relativas, trabajosas, discordantes, deformes, obtenidas por las luchas, guardadas para subordinarlas a la posesión de un individuo o grupo, perdidas por la transitoriedad e inseguridad que trae el no saber usarlas. Pero en esta constante imperfección hay siempre una ilusión y una aspiración hacia la perfección.
 
El hombre, limitado suspira por el infinito; lo relativo es atraído en todas las cosas hacia su absoluto; lo artificial hacia lo natural, se impulsa con una tranquilidad superior, un conocimiento y una naturalidad que debe por siempre serle negada a sus fuerzas inconscientes. Lleno de discordias, insiste en la armonía; poseído por la Naturaleza y para su esclavitud está convencido que su misión es poseerla y dominarla. Lo que el aspira, es la señal de lo que él puede ser. Tiene que pasar por la transmutación del metal terráqueo que ahora es, y fuera de la humanidad defectuosa, hacia un símbolo superior. Porque el Hombre es el término de transición más grande de la Naturaleza, en la que ella crece consciente de su meta. En él, la Naturaleza mira a través de los ojos de la bestia su ideal divino.
 
Pero Dios es complejo, El no es simple; y la tentación del intelecto humano es escoger el camino más corto y fácil hacia la naturaleza divina profesando exclusivamente uno de sus principios. Conocimiento, Amor o, lo que es lo mismo, su palabra secreta: Delicia, Poder y Unidad son algunos de los nombres de Dios. Pero aunque ellos son todos divinos, seguir cualquiera de ellos exclusivamente es afirmar, después de que la primera energía y fuerza se termina, su negación y nuestra partida. Lo contrario es un error que cometemos continuamente. ¿Es acaso el Amor el templo en el que nos regocijamos? Si es así, debemos entonces cerrar el portón al Poder.
 
Como los niños del mundo, que por su falta de conocimiento prefieren los placeres materiales que les apartan del fervor de su corazón, del Conocimiento que los llevaría a la comprensión, hacemos un ídolo del Poder, y somos capaces de quemar todo lo demás a través del melancólico fuego de Moloch, expulsando al Amor con desprecio como una nodriza incompetente o un lacayo que desempeñara un cargo en la nobleza. O cultivamos el Conocimiento con un severo alejamiento emocional y una austeridad egoísta, encontrando al final un corazón embotado, muerto o marchitado -parados mientras los truenos de Rudra devastan el mundo que hemos organizado tan bien con nuestra mente clara, victoriosa y eficiente. O corremos detrás de un vago y mecánico cero, de la nada, a la que la llamamos unidad, sin darnos cuenta que hemos esterilizado nuestras raíces y secado el pozo de nuestra vida interior, para descubrir que hemos alcanzado la muerte y no la gran existencia. Y todo esto pasa porque no reconoceremos la complejidad del enigma que debemos de resolver aquí. Es un enigma grandioso y divino, pero no es ningún nudo Gordiano ni su audaz Autor, un rey muerto que nos haría sufrir por mofarnos de su intención cortando nuestra voluntad con la impaciencia fiera de un agonizante conquistador moral.
 
Ninguna de estas contradicciones es más constante que la del Poder y la del Amor. También ninguna de estas deidades puede ser seguramente descuidada. ¿Qué puede ser más divino que el Amor? Pero adorado y respetado exclusivamente es impotente para resolver las discordias del mundo. El Avatar adorado del Amor y el santo tierno de todos los santos dejan detrás de ellos un ejemplo divino pero imposible de seguir, una memoria luminosa e imperecedera pero ineficaz. Ellos han añadido un elemento a las potencialidades del corazón, pero la raza no lo puede utilizar eficazmente para la vida, porque no ha sido armonizado con el resto de las cualidades que son esenciales para nuestra perfección.
 
¿Podríamos por lo tanto, cambiar de dirección y darnos al Poder con su acción y manos de hierro y su duro y claro intelecto práctico? Los hombres de poder pueden decir que ellos han hecho un trabajo más tangible por su raza que las almas de Amor, pero es una ventaja vana. Porque ellos ni siquiera han tratado de elevarnos sobre nuestra humanidad imperfecta. Ellos han erigido una forma temporal o han dado un ímpetu secular. Su imperio ha sido creado una era, pero el nivel de la humanidad no ha sido elevado ni un palmo del nivel de un Cesar o de un Napoleón.
 
El Amor falló porque impacientemente repelió las discordias materiales del mundo en un éxtasis individual o no colectivo; y el Poder, porque tan solo busca organizar y arreglar lo exterior con un absoluto abandono de si-mismo. Las discordias del mundo tienen que ser entendidas, aprovechadas y trasmutadas. El Amor debe llamar al Poder y al Conocimiento en el templo y sentarlos a su lado en una igualdad unificada, en la Unidad; el Poder debe inclinarse ante el yugo de la Luz y el Amor, antes de que realmente pueda hacer algo por su raza o estirpe.

El secreto es la Unidad, una unidad compleja que lo abrace y lo entienda todo. Cuando el corazón lleno de Amor se calma por el Conocimiento en un éxtasis tranquilo y vibra con fuerza, cuando las fuertes manos del Poder laboran para el mundo con un júbilo y una luz completa y radiante, cuando el cerebro luminoso del Conocimiento acepta y transforma las inspiraciones oscuras del corazón plegándolas a una Voluntad superior, cuando todos estos dioses se unen en un alma renacida que vive en la unidad con los demás y acepta todas las cosas para trasmutarlas, entonces ahí está la condición necesaria para que la humanidad trascienda integralmente. Ésta y solamente ésta, es la forma divina de la súperhumanidad y no la cultura arrogante, fuerte y deslumbrantemente egoísta que se corona sobre una humanidad esclavizada.

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01: Portales de Luz.

 

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